McNamara y los rumores de guerra. Autor: Gabriel Andrade

  El Marqués de Condorcet es uno de mis filósofos preferidos: racionalista a ultranza, estimó que muchos de los problemas sociales pueden solucionarse evaluando cuantitativamente muchas variables. Y, me parece que en política, es urgente asumir este enfoque tecnocrático. El mejor gobernante no es el que más se parezca al hombre del pueblo (como tanto proclaman los populistas latinoamericanos), sino quien analice técnicamente los problemas, y a partir de ello, encuentre soluciones óptimas.
            Uno de los personajes del siglo XX que más se pareció al Marqués de Condorcet fue Robert McNamara, secretario de Estado de los EE.UU. durante la presidencia de Kennedy y Johnson. McNamara fue famoso por implementar un estilo político tecnocrático, en el cual se apela poco a la retórica patriótica populista, y se apela mucho más a la racionalidad, el análisis estadístico, etc.

            Con todo, McNamara tomó decisiones que hoy consideramos muy equivocadas (principalmente, la escalada norteamericana en la guerra de Vietnam), y los historiadores no han sido muy generosos con él. En 2004, salió la película Rumores de guerra, del director Errol Morris, una entrevista prolongada en la cual McNamara narra detalles sobre las decisiones que él tomó.
            Tras ver esta película, es inevitable sentir alguna simpatía por McNamara. En el maniqueísmo anti-americano que usualmente se presenta desde América Latina, prospera la idea de que en la guerra de Vietnam, los norteamericanos estuvieron conducidos por fanáticos anticomunistas que propiciaron aquella tragedia. Ciertamente hubo personajes de ese calibre, pero McNamara definitivamente no era uno de ellos. Y, a lo largo de la película, el mismo McNamara se lamenta de muchas de las decisiones que tomó, pero ofrece suficientes detalles como para que nosotros los espectadores comprendamos que, aun si esas decisiones fueron equivocadas, resultaron muy difíciles de tomar, y sólo vistas en retrospectiva, podemos apreciar claramente su error.
            No obstante, así como es inevitable sentir alguna simpatía por McNamara tras su interpelación en la película, también al espectador le queda la duda (sobre todo al final de la película) si McNamara estuvo tan arrepentido como él alegaba, pues cuando el entrevistador lo presiona preguntándole por qué no fue crítico de la guerra de Vietnam después de abandonar su cargo como secretario de Estado de EE.UU., McNamara ofreció respuestas muy esquivas.
            La película se ha hecho famosa, además de por su excelente producción, por el hecho de que, al discutir el bombardeo norteamericano de Tokio en la Segunda Guerra Mundial (en el cual el mismo McNamara participó como planificador), McNamara admite que, de haber perdido la guerra, todos ellos (los oficiales norteamericanos que organizaron aquella acción militar) habrían sido juzgados como criminales de guerra.
            Sin duda, McNamara tenía razón en pronunciar aquello, pues el bombardeo de Tokio (más brutal que el de Hiroshima y Nagasaki), y otras ciudades japonesas, fueron crímenes de guerra. Pero, lamentablemente, esta declaración se ha malinterpretado con frecuencia. Algunos críticos, en resonancia con McNamara, han sostenido que no hay claras diferencias morales en la guerra, y que sencillamente, quien gana la guerra impone qué es lo moral y lo inmoral, qué es un crimen de guerra y qué no. Y, estos críticos pretenden extender este razonamiento al terrorismo: quien coloca una bomba y mata civiles, es para unos un terrorista, pero para otros un luchador de la libertad; al final, su estatuto dependerá de si está del lado de los ganadores o los perdedores.
            En contra de estos críticos, es urgente comprender que, independientemente de quién gane una guerra, hay reglas de combate bastante precisas y bien delineadas. Una de esas reglas estipuladas en el ius in bello (el derecho en la guerra) es que, si bien las bajas civiles están permitidas como daño colateral, nunca puede atacarse directamente a poblaciones civiles, y el número de bajas debe ser proporcional al objetivo militar planteado.
El bombardeo de Tokio fue un crimen de guerra, hayan ganado o no los norteamericanos, y es completamente reprochable que ninguno de sus artífices fueron llevados a tribunales. Pero, del mismo modo, es urgente comprender que Yasser Arafat, Osama Bin laden o el Che Guevara también fueron criminales de guerra objetivamente, y que esto no es una mera construcción social dictada por los vencedores.       

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